En este municipio ribereño del departamento de Atlántico la historia se vive en presente y el futuro ya se está escribiendo. El Son de Negro se ha convertido en el argumento del pueblo y una apuesta por la paz.

Por: Carlos Toncel Sanjuán – www.elambito.com

El sol ya abrió de par en par las puertas azules del cielo. Los pocos arreboles que flotaban en el alba ya  guardaron su pintura para el próximo atardecer. En la terraza de su casa, los dedos de Guillermo Villa tejen presurosos la atarraya mientras su mirada continua clavada en el Canal del Dique. Sabe, que como todos los pescadores de Santa Lucía, debe pescar el sustento de su familia.

El frente de su casa da cara a  cara con el Canal del Dique. Las paredes de la sala continúan pintadas por la necesidad de conservar el gris natural del cemento y en medio del rectángulo de los bloques está colgado su máximo orgullo: las fotografías de sus tres hijos vestidos con  toga y birrete.

“Yo si no estudié, pero a todos mis hijos los he levantado y los he graduado a punta de la pesca”, sostiene orgulloso mientras sigue tejiendo la atarraya a través de la que deja escapar su admiración  por el Son  de Negro, porque asegura que entre morisqueta y morisqueta le ha dado fama al pueblo: “eso trae mucha gente a Santa Lucía y  la gente compra nuestros pescados”.

Foto: Alfonso Suárez

El canal del Dique es la principal fuente de ingreso para Santa Lucía. Allí se desarrolla la pesca, pero es también su principal ruta de conexión con  otros pueblos ribereños. Por esa misma ruta llegaron las barcazas que transportaban los esclavos que trabajan en la explotación del carbón.

Son de Negro, pescando en el argumento de un pueblo

José Ospino, ya no se pinta de negro, pero su vida sigue girando en torno a la danza. Como santalucense el tambor del Son de Negro es un latido espontáneo de su corazón y los versos han inspirado su búsqueda insaciable para seguir contribuyendo a que la historia de sus ancestros siga viviendo del presente.

Foto: Alfonso Suárez

El legado de esos esclavos que llegaron por el Canal del Dique ha sido aprehendido como  manifestación histórica y cultural por los habitantes de Santa Lucía. El Murallado, ese tramo de vía que bordea El Dique ha sido un camino de masificación. Es como un aula sin paredes ni techo, allí la tradición es espontánea y se arraiga en la piel.

Foto: Alfonso Suárez
cuatro niños son de negro
Foto: Alfonso Suárez
Foto: Alfonso Suárez

En Santa Lucía la historia se cuenta en presente.

Y los que han transitado años en la tradición la viven de manera espontánea traduciendo los versos en la rima de los acontecimientos cotidianos.

Son de paz

El sonido del tambor convoca a danzantes y espontáneos. El golpe sutil, pero contundente, se va convirtiendo en música. La guacharaca de caña de corozo les exprime el jugo a los danzantes y las palmas avivan la pasión.

Aparece el negro machete en mano, otros tienen un trozo de madera al que llaman garabato; collares con caracoles y canoas en miniatura flotan en sus pechos. Sus movimientos tienen la fuerza de la pasión y la única disputa es por agradar con sus  morisquetas.

No hay peleas, solo versos y bailes que mantienen viva la tradición y construyen paz a partir de un pueblo que bebe de su cultura.